El estudiante como curador y productor de contenidos

La Web es una biblioteca universal que se compara con un puzzle gigante cuyas piezas informativas están conectadas entre sí. La información es abundante y fragmentada, se presenta caótica para los usuarios que no están preparados para abordar este complejo entramado de fuentes bibliográficas textuales representadas en diversos formatos y con propósitos variados. Área y Pessoa (2012) asumen el aporte de Zygmunt Bauman (2006) quien caracteriza esta realidad cultural como un pasaje de lo sólido a lo líquido. Esta metáfora concibe que lo digital es una experiencia líquida que ha modificado las formas de comunicación, circulación de abundante información y producción de conocimiento, diferenciándose así de la cultura sólida alcanzada en los siglos XIX y XX cuando todo era estable e inalterable. 

En consecuencia, la sobrecarga informativa genera “infoxicación” (Cornella, 2013), es decir una intoxicación de datos que opaca la realidad y confunde a los usuarios que no comprenden tanta cantidad de información. “Lo digital es líquido y, en consecuencia, requiere nuevas alfabetizaciones a los ciudadanos del siglo XXI que les capaciten para actuar como ciudadanos autónomos, críticos y cultos en el ciberespacio” (Área y Pessoa, 2012, p. 2). 

Al respecto, Roberto Igarza señala que, al estar en una reestructuración permanente, los nuevos medios no son capaces, por sí mismos, de jerarquizar los contenidos educativos. El autor refiere que es necesaria una “editorialización, una moderación o una actitud activa por parte de quienes pueden ordenan el territorio, sugerir la ruta o actuar como curadores” (Igarza, 2010, p. 4). 

Ante esto, si se retoma la metáfora de la ecología de los medios que menciona Scolari (2015), se sabe que el ecosistema se modifica y los roles se reasignan constantemente. 

A partir de este nuevo paisaje informacional digital polisémico, y con la posibilidad instrumental de ser productores de recursos sin necesidad de tener conocimiento experto, surge, como se mencionó anteriormente, el reto pedagógico de trabajar con los estudiantes el concepto de curaduría de contenidos con fines educativos. Preguntas como: ¿cuáles son las fuentes confiables?, ¿cómo se distinguen?, ¿cómo puede clasificarse la información para acceder a ella de manera eficaz? deben formularse para invitar a la reflexión activa y comprometida, pero sobre todo para que, como usuarios de la red, los estudiantes incorporen experiencias de calidad mientras navegan, a la vez que fortalecen sus competencias en pos de la alfabetización digital. 

Es importante advertir que curar contenidos no significa coleccionarlos. Odetti invita a diferenciar estos conceptos. Los coleccionistas recopilan material en relación de un tema en particular, e incluso la organizan; los curadores, sin embargo, parten de esta selección previa, pero además generan con ella una estructura estética a través de la cual el público ve su obra. El curador aparece entonces como un meta-artista, quien, mediando entre los destinatarios y los autores, prepara la experiencia escénica y construye, en ese acto, una nueva idea de autoría (Odetti, 2012). 

En el ámbito docente existe una tendencia a la colección de contenidos, sin embargo, debería prestarse mayor atención a la curación de los mismos. Curar contenidos no solo es seleccionar material y ponerlo a disposición sino, a partir de ellos, crear una nueva experiencia de autoría. Para esto, deberá pensar en el destinatario, en los recursos disponibles, en la integración del todo entendiendo sus partes, en la resignificación, en el aporte personal, entre otros aspectos. 

¿Qué es, entonces, lo que se “cura” en la era de la información? O, ¿de qué uno debería “curarse”? En esta era, hay que curarse de la infoxicación (Lippenholtz, 2015). En un momento de la historia digital, donde es más fácil generar información, o replicarla, que eliminarla, la curación de contenidos ofrece un desafío del que seguramente se emergerá con mayores aprendizajes. 

Acceder a diferentes contenidos, seleccionarlos según criterios específicos, resignificar el material con aportes propios, crear nuevos recursos, dar forma a una nueva producción en entornos de publicación, son actividades que fortalecen al estudiante en esta nueva ecología mediática. “La alfabetización por tanto debe cultivar las competencias para que un sujeto domine distintos lenguajes (sean textuales, audiovisuales, icónicos o sonoros) en diversas formas expresivas (microcontenidos, narraciones o hipertextos)” (Área y Pessoa, 2012, p.3). 

Las “prácticas vernáculas”, formas autogeneradas de usar la escritura desarrolladas por alfabetizados, en sus propios entornos y por fuera de los límites de lo institucional (Cassany, Sala Queer y Hernández, 2010), potenciadas tras la aparición de las TIC, son ahora convocadas al escenario educativo. “Fomentar la creación de contenidos en el ámbito educativo significa pasar del contenido generado por el usuario (un concepto proveniente del ecosistema mediático) a los contenidos generados por los estudiantes” (Scolari, 2010, p. 52). Al respecto, el autor propone el diseño de experiencias que preparen a los estudiantes de Nivel Superior en la producción de contenidos vinculados con su especialización. 

En síntesis, involucrar al estudiante, incorporar sus prácticas vernáculas, orientar la toma de decisiones y el trabajo en colaboración, y habilitar la reflexión crítica en cada una de las instancias del proceso son los pilares de una nueva manera de volver al aprendizaje una experiencia significativa.

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Resumen

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